Durante la invasión de Napoleón a Rusia, sus tropas estaban combatiendo e medio de otra localidad más de ese interminable país helado, cuando se separó accidentalmente de sus hombres. Unos cosacos rusos lo descubrieron y empezaron a perseguirlo por las callejuelas. Napoleón corrió para salvar su vida y entró en una pequeña peletería de una calle lateral y, al ver al peletero, gritó lastimosamente:
-¡Sálveme, sálveme! ¿Dónde puedo esconderme?
- Rápido, debajo de esa pila de pieles del rincón – respondió el peletero, y cubrió a Napoleón con una pila de cueros.
Apenas terminó de hacerlo, los cosacos rusos irrumpieron por la puerta gritando: “¿Dónde está? Lo vimos entrar”. Pese a las protestas del peletero, destruyeron la tienda tratando de encontrar a Napoleón. Clavaron sus espadas en el montón de pieles, pero no lo hallaron. No tardaron en abandonar la búsqueda y se fueron.
Al rato, Napoleón estaba saliendo de entre los cueros, ileso, cuando en eso entraron sus guardias personales. El peletero se volvió a Napoleón y le dijo tímidamente:
- Disculpe que le haga esta pregunta a tan grande hombre, pero ¿qué sintió al estar debajo de esas pieles, sabiendo que esos momentos podían ser los últimos de su vida?
Napoleón se irguió en toda su estatura e, indignado, dijo al peletero:
¿Cómo se atreve a hacerme semejante pregunta a mí, el emperador Napoleón? Guardias, llévense a este hombre atrevido, cúbranle los ojos y ejecútenlo. Yo mismo daré la orden de disparar.
Los guardias tomaron al pobre hombre, lo arrastraron afuera, lo pusieron contra la pared y le vendaron los ojos. El peletero no podía ver, pero oía los movimientos de los guardias mientras se ponían lentamente en fila y preparaban sus rifles y oía el suave ruido del roce del viento contra su ropa. Sentía cómo el viento pinchaba suavemente su ropa y le enfriaba las mejillas y el temblor incontrolable de sus piernas. Entonces oyó que Napoleón carraspeaba y gritaba lentamente: Listos.... Apunten ...”. En ese momento, sabiendo que hasta esas pocas sensaciones estaban a punto de serle arrebatadas para siempre, brotó en él una sensación que no podía describir y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
Luego de un largo rato de silencio, el peletero oyó unos pasos que se acercaban y alguien le quitó la venda de los ojos. Todavía cegado en parte por la luz repentina, vio a Napoleón que lo miraba fijo a los ojos, una mirada que parecía ver hasta el rincón más polvoriento de su ser. Entonces Napoleón le dijo suavemente: “Ahora lo sabe”. |