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Flores para un hombre triste
Los indios apaches decían que la dimensión de un hombre debe medirse por la cantidad de historias que tiene para contar.

No se cuál será la mía, pero conozco bastantes, algunas de ellas han marcado huellas que motivaron cambios en mi manera de ver el mundo y de juzgar los actos de mis semejantes.

En esta vocación he sido partícipe de otros cientos. Historias vivas que se cuentan así mismas en los hechos de que he sido testigo; pero jamás, vi, escuché o leí ninguna como esta. Tocará sus fibras más sensibles y le pasará lo mismo que a mi; compartirla, inevitablemente.

Flores para un hombre triste

Todas las mañanas de ese verano, hace 33 años, viajábamos, aun medio dormidos, en el mismo autobús. Éramos un grupo disímbolo, de rostros ensimismados y miradas inexpresivas.

Entre nosotros había un hombrecito gris que cada mañana se dirigía a un centro de recreo para personas jubiladas. Encorvado y triste, subía penosamente los escalones del autobús y se sentaba solo, detrás del conductor. Nadie reparaba mucho en su presencia.

Pero una mañana de julio saludó al chofer y, antes de ocupar su asiento, volvió la miope mirada hacia el fondo del vehículo y esbozó una sonrisa. El conductor respondió con una breve inclinación de cabeza; los demás nos quedamos en silencio.

A la mañana siguiente, el anciano subió al autobús con paso vivaz, sonrió y dijo en voz alta:

- ¡Les deseo a todos un hermoso día!

Sorprendidos, algunos nos volvimos a mirarlo y respondimos entre dientes:

-Buenos días.

Las semanas siguientes estuvimos más despiertos. Nuestro amigo empezó a vestir un traje pasado de moda y una corbata ancha, que también era de otra época. Llevaba el escaso cabello peinado con pulcritud. Todos los días nos saludaba efusivamente, y los demás comenzamos a devolverle la cortesía y hablar unos con otros.

Una mañana subió al autobús con un ramillete de flores silvestres en la mano. El conductor sonrió y dijo:

•  ¿Te has conseguido una novia, Charlie?

•  Nunca supimos, y poco importaba, si Charlie era su verdadero nombre; el anciano hizo un tímido gesto de asentimiento y respondió que sí.

Todos los pasajeros silbaron y aplaudieron. Charlie hizo una reverencia, inclinó su ramillete con un grácil floreo y tomó asiento.

Desde entonces, todos los días nuestro personaje se aparecía con una flor. Alguno de los viajeros más asiduos empezaron a llevar flores para añadirlas a su ramo, y se las daban con una mezcla de timidez, afecto y complicidad. Todo el mundo sonreía. Los hombres comenzaron a charlar y bromear, compartiendo las diversas secciones de sus diarios.

El verano pasado cedió el paso al otoño, y el lunes Charlie no se presentó en la parada habitual. Como tampoco estuvo allí los dos días siguientes, supusimos que estaba enfermo o, más optimistas, que había salido de vacaciones.

El viernes, cuando nos acercábamos al centro de recreo, uno de los pasajeros pidió al conductor que se detuviera y esperara un momento. Todos contuvimos el aliento mientras se dirigía a la puerta a preguntar por nuestro amigo.

Sí conocían a la persona por la que preguntaba, le dijeron. El señor Day –pues así se llamaba- estaba bien, pero no había acudido a la institución los últimos días; alguien muy querido para el había fallecido el fin de semana. Esperaban que volviera el lunes siguiente. Un pesado silencio reinó entre nosotros durante el resto del trayecto.

El lunes, nuestro Charlie apareció en la parada del autobús, sin su corbata de costumbre y un poco más encorvado, como si se hubiese encogido. Todos en el vehículo íbamos tan callados como si estuviéramos en la iglesia. Aunque no nos pusimos de acuerdo, aquellos que nos habíamos sentido profundamente tocados por él ese verano llevábamos entre las manos un ramo de flores silvestres, y los ojos arrasados.

 

marzo2006