El otro día; en una de esas intervenciones que con frecuencia realizamos en los hoteles de la zona Este , nos encontrábamos en medio de un ejercicio de grupo con 90 y algo más participantes de una prestigiosa empresa internacional.
Estábamos concentrados en nuestros propósitos; cada uno en lo suyo; nosotros, en los objetivos que teníamos previsto para el momento; los participantes en tratar de comprender y los turistas volcados en la arena bajo el inclemente sol tropical.
Sin previo aviso, y sin ninguno haber estado preparado para una revelación de tal magnitud, se incorporó de la nada una hermosa mujer que caminaba con la intención de cruzar por el pedazo de playa que habíamos ocupado.
Al desplazarse entre nosotros, todo quedó en silencio, la música dejo de sonar, los camareros detuvieron su agitada marcha, las tejedoras de trenzas confundieron sus trazos, las aves marina posaron su vuelo, pararon de golpe las ruidosas clases de merengue, las espaldas tendidas al sol se dieron vueltas, los salvavidas olvidaron su vigilia, nuestros instructores confundieron sus palabras, los micrófonos callaron, las otras mujeres miraban incrédulas y los hombres, todos los hombres quedamos sin aliento.
Ella, dentro de su traje de baño indiferente, caminaba como en cámara lenta, suspendida en el aire, inmune al peso de la gravedad, moviendo con vaivén su impresionante anatomía. Se acomodó el pelo; miró para ambos lados, como quien cruza la Quinta Avenida , esbozó una sutil sonrisa y cruzó en medio de todos y se alejó en silencio, dejando tras suyo una conmoción difícil de explicar con palabras. |